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sábado, 7 de febrero de 2009

CANAL PLUS Y LOS AÑOS HIPPIES EN IBIZA

En una publicidad de Canal Plus se ridiculizan las palabras PAZ y AMOR, puestas en boca de unos figurantes disfrazados de hippies, a quienes hacen actuar como si fueran unos memos, con voces de débiles mentales.

En un mundo lleno de agresividad, violencia y guerra, es lamentable que se haga mofa de ese famoso slogan hippie.

El hecho de instalarme en Ibiza, a final de los años 60, coincidiendo con el movimiento hippie, cambió mi vida por completo. Y le estoy muy agradecido a esa contracultura. El cambio fue impresionante. Yo era un jóven encorbatado, estudiante de Derecho en la Universidad, y vivía con mi familia, disfrutándo de todo el confort que me proporcionaba. Pero de la noche a la mañana, con una mano delante y otra detrás, lo abandoné todo para irme a vivir a una isla, casi virgen, y entrar a formar parte de un fascinante grupo de hippies, bohemios y artistas extranjeros.

Para comprobar el gran cambio que experimenté, basta con comparar estas dos imagenes:


Aquí estoy, en la Feria de Muestras de Barcelona, enseñándo unos productos de la empresa Aerosol Ibérica, al Ministro José Sólis Ruiz, y al Gobernador de Barcelona, Tomás Garicano Goñi. Curiosamente, unas semanas más tarde, fui detenido, a punta de metralleta, en una manifestación estudiantil, y tuve que pagar una multa muy elevada. Era el año 1966.

Y aquí, en esta foto de la fotógrafa Tana Kaleya (yo, en alto en el centro), tengo los ojos abiertos como dos platos, en un estado alterado de mi conciencia, en plena experiencia con el LSD. Era el año 1969.

El movimiento hippie no fue un movimiento de memos. Se originó en el distrito de Haight-Ashbury, en San Francisco. Y fue un movimiento contracultural, pacifista, hedonista y ecologista, que aportó una explosión de libertades, color y alegría de vivir a toda una generación. Importantes intelectuales como Aldous Huxley o Timothy Leary fueron alguno de los ideólogos que predicaron esta filosofía de vida alternativa.

Gracias a esta contracultura, que se revelaba contra el Sistema, conocí prácticas como el yoga, el reiki, la meditación trascendental, y dietas sanas como la vegetariana o la macrobiótica. Cosas que, al mundo burgués y convencional de aquellos años, le parecían locuras y que, en la actualidad, por esas disciplinas tradicionales y tratamientos sanadores, la gente paga fortunas en resorts, spas, balnearios y escuelas especializadas.

En esa época irrepetible se compuso una música de rock psicodélico y folk contestatario, del nivel de Pink Floyd, Rolling Stones, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Donovan, The Who, Crosby Stills & Nash, o Bob Dylan, entre tantísimos otros.

Y no hay que olvidar el musical Hair, estrenado en Broadway en 1967, en el que algunos actores salían a escena a cantar totalmente desnudos.

Esa música se escucha hoy día, con mucho éxito, en las fiestas Flower Power.

Paz Vega, en el Flower Power Vip de Pacha.

Josep Sandoval, de la Vanguardia, coincidió en un Flower Power Vip con Valentino y Elle Macpherson, y lo reflejó en este artículo.

En aquellos años, se experimentaba con drogas muy puras. Se hacía de ellas un uso recreativo, y se consumían de manera calculada e inteligente, como sacramentos, para expander y deshinibir la mente. El consumo de alcohol, heroína y cocaína no estaban muy bien vistos. En la busqueda de una espiritualidad alternativa, se estudiaban religiones orientales y nuevas técnicas de relajación.
En Ibiza formabamos un grupo de ovejas negras, pero comparados con los elementos que corren hoy día por la isla, y que llegan en rebaño, eramos unos corderitos. Habíamos escapado de nuestras familias, para inventarnos una nueva, cosmopolita, democrática y sin represiones.

De las personas solo nos importaban las buenas vibraciones que emanaban. Y nos era indiferente si se trataba de mayores, jóvenes, ricos, pobres, famosos o perdedores. No conocíamos los apellidos, y los americanos nos ponían motes a todos. A mí me llamaban Blue Eye Charly. Y decían que me parecía a Bob Dylan.

Este es Bob Dylan.

Y este soy yo.
Yo vivía en el campo, en una antigua casa sin electricidad, iluminada por muchísimas velas.

Y uno de mis mayores placeres era ducharme con agua de lluvia, utilizándo una rudimentaria ducha-regadera, que colgaba con unas poleas de un almendro.
La revista Iterviu me dedicó varias páginas, y a Sergio Makarof, autor del reportaje "La llave de un paraíso", le hizo gracia ver como funcionaba mi artilugio.


Durante el día, mi vehículo era un caballo. Y el nudismo era algo natural y deshinibido, aunque muy perseguido por la Guardia Civil. A mí, debido a la severa educación que había recibido, me costó un poco acostumbrarme.

Entonces era posible galopar por playas desiertas, sin ruidosos chiringuitos, hamacas ni sombrillas. En esta imagen de Formentera se me ve contemplando a unos cerdos que paseaban tranquilamente por la orilla.

El invierno, en la Ibiza virgen, era casi mejor que el verano, a pesar de la humedad que calaba en los huesos. En la foto, Silvia Alexandrowitch y yo estamos llegando a Salinas, un día de mucho frío.

Por eso, un año, me dió por dejarme barba. Algo que mi padre, mientras viví bajo su techo, me tenía totalmente prohibido.


Se proclamaba el amor libre, sin inhibiciones, pero se le asignaba al sexo una importancia espiritual. Para los hippies viajar y conocer otras culturas era fundamental. El libro On the road, de Jack Kerouac fue una de las "Biblias" del hippie.

Gracias a los maravillosos años que yo viví en la Ibiza hippie, y gracias también a los exóticos viajes que emprendí, entonces, por Asia, Africa, Suramerica y Estados Unidos, mi vida cambió por completo. Puedo afirmar que ser jóven y contestatario en los años 60 fue todo un privilegio.

Aquí estoy en una feluca, con Ricardo Bofill, remontándo el rio Nilo, a la altura de Assuan.

El director de cine Barbet Schröeder, fue uno de los responsables de promocionar la Ibiza hippie, con su película "More". La banda musical corrió a cargo del grupo Pink Floyd.

Yo conocí a los componentes de Pink Floyd durante su estancia en la isla, en el año 1969.

A Ibiza llegaban muchos músicos; y también artistas, artesanos, aristócratas, escritores y algún que otro delincuente. Ibiza era una interesante coctelera variopinta. Y nunca he vuelto a ver a tanta gente guapa, junta, en mi vida.


Cuando el director Roman Polanski compró una casa en la isla, organicé una cena en el restaurante"Domingo". Entonces, Silvia Alexandrowitch y yo eramos inseparables.

El Príncipe Ernst Von Hannover, era simplemente: Ernst. Su paso por la isla fue de lo más discreto. Aquí estamos en el patio de mi casa de San Carlos.

Y hablando de artístas: Aquí estoy con el famoso falsificador de cuadros impresionistas Elmyr De Hory. Orson Welles rodó en Ibiza la película "F for Fake", un reportaje sobre este fascinante personaje.



La Marquesa de Villaverde también visitó Ibiza, en aquellos gloriosos años. Aquí está sentada junto a Sylvia Polakov.

Como relato en mi novela "Réquiem por Peter Pan", con portada de Pablo Picasso, el movimiento hippie degeneró al ponerse de moda, y tras haber sido recuperado por el Sistema para convertirlo en rentable.

La drogadicción aumentaba de forma escandalosa. Y casos muy desagradables como la masacre perpetrada por la familia Manson, las comunas descontroladas, o el confundir hippie con vago que no se ducha, ensuciaron la reputación de aquella filosofía de vida alternativa.
Ronald Reagan, posiblemente afectado ya por el Alzheimer, dio esta nefasta y reaccionaria definición de hippie: "Lleva el pelo como Tarzán. Camina como Jane. Y huele como Chita".

A finales de los 70, esta rebeldía contra el Sistema, se había convertido en una corriente juvenil masificada. Y entonces surgieron todo tipo de mercadillos hippies, y boutiques que vendían pareos y ropa de India, Bali, o Marruecos; joyas étnicas e, incluso, toda una parafernalia para el consumo de drogas.

Y, hoy día, en muchas pasarelas de Moda, sigue presente el estilo hippie.


Y ahora tengo que parar. Pues podría pasar horas y días escribiéndo sobre los tiempos hippies de Ibiza. Cuando, en realidad, mi intención era simplemente dar un tirón de orejas a Canal Plus, y al guionista de ese tonto spot publicitario, en el que se jáctan de las palabras PAZ y AMOR, pronunciadas en un tono muy estúpido.

El slogan hippy era: "Haz el amor y no la guerra".

Este signo de paz tan famoso fue, en su origen, un logo pro desarme nuclear.

Y la canción "Imagine" de John Lennon el himno de aquella maravillosa cultura utópica.

Fotos: Carlos Martorell,Tana Kaleya,Colita, Serena Vergano,Sylvia Polakov.Y via Flickr: novia, jocelyn.aubert,mario bertcchi (30d), Dianaskipi, Eric Lon, Steve h.

domingo, 13 de abril de 2008

LA FABULA DEL VIEJO ZORRO Y LA MARMOTA

Mi amigo el arquitecto Oscar Tusquets me llevó un día a la casa de Salvador Dalí, en Port Lligat, y me presentó al genio y a Gala. El año anterior, 1967, Dalí había diseñado la invitación a la Cena de Gala del VI Congreso de Angiología, presidido por mi padre. Esa fue mi tarjeta de presentación.


Los cuatro puntos cardinales hoteleros de Dalí eran: El Meurice, en París; el Saint Regis, en Nueva York; el Palace, en Madrid; y el Ritz, en Barcelona. Yo tuve encuentros con Dalí en esos cuatro hoteles. Y fue en el Ritz donde vi por segunda vez al célebre pintor. Además de encantarme su pintura, Salvador Dalí y sus desbordantes excentricidades me fascinaban.
Cuando yo vivía en Ibiza, y pasaba un par de días en Barcelona para visitar a mi familia, me instalaba en el Ritz. El entonces Presidente, Antonio Parés, generoso amigo y conocedor de mi precaria economía, me hacía pagar el simbólico precio de mil pesetas por noche. ¡Un verdadero chollo!
Una tarde, mientras pedía mi llave a Pascual, mi conserje favorito, vi con asombro pasar un caballo blanco, al que hicieron subir, a regañadientes, por la escalinata alfombrada, para llevarlo a la Suite Real, donde estaban instalados Gala y Dalí. El caballo, asustado, dejó un apestoso y voluminoso regalo delante de la puerta de la suite. En el Ritz, por las tardes, Dalí reunía a un grupo de amigos y personalidades de distintos ámbitos, y tuve el privilegio de ser invitado por Antonio Parés a entrar en la Suite Real.
Aquella misma noche, acabamos en la discoteca Boccaccio, acompañados por la cantante Fraçoise Hardy y la bella venezolana Mercedes Olavarría. Dalí estuvo todo el rato jugando con el nervioso ocelote de Peter Moore, entonces su secretario, y conocido como “El capitán”.
En Nueva York acudí, acompañado por Amanda Lear, musa del pintor, y Carmen D’Alessio, relaciones públicas de la discoteca Studio 54, a un original happening que Dalí había institucionalizado, todos los domingos, a las cinco de la tarde, en un salón del Hotel Saint Regis.
Dalí se sentaba en un trono, como un emperador al que había que distraer. Unos candelabros alumbraban sugerentemente la sala, en la que actuó un grupo de ballet erótico-moderno, en el límite del porno. Recuerdo que Gala, al entrar en la oscuridad de la sala, fue deslumbrada por el fogonazo de un flash de un fotógrafo de Paris Match, y le propinó, en la cabeza, un tremendo porrazo, con el pesado mango de oro del célebre bastón que perteneció a la actriz Sarah Bernard.

Unos días más tarde, en el Saint Regis, entrevisté para La Gaceta Ilustrada, a Amanda Lear, a quien fotografié cubierta con mi abrigo de marmotas, que yo había comprado en los carísimos almacenes Saks Fifth Avenue, de Nueva York, gracias al enorme descuento que me hizo mi amigo Fernando Sánchez, diseñador de Revillon, la más prestigiosa marca de peletería del mundo, en aquel momento. Yo estaba enamorado de mi abrigo. Un capricho de joven presumido y muy friolero. Y Dalí me hizo grandes elogios de aquella prenda.
Poco a poco, Dalí y Gala se iban familiarizando con una cara a la que no acababan de ponerle nombre. En Madrid, en un salón oval de su suite del Palace, asistí a una reunión en la que estaban presentes, sentados en corro, el productor teatral Colsada, la vedette Tania Doris, el Duque de Cádiz, la fotógrafo Sylvia Polakov, y Sabater, su nuevo secretario, entre otros que ya no recuerdo. A Sylvia Polakov, especialista en pequeños desastres, se le atascó el dedo índice en el gatillo de la pistola de Sabater, que se había caído al suelo, y casi tuvimos un disgusto.

El grupo, como siempre, era muy variopinto. Yo estaba sentado a la izquierda de Gala, a quien Dalí, sentado en el polo opuesto del círculo, no quitó ojo en todo momento.

Las únicas palabras, en francés, que Gala me dirigió en toda la tarde, con un sensual retintín, fueron: “Creo que por su casa de Ibiza pasa una gente muy atractiva…” Me sorprendió que supiese que yo vivía en la isla.

En Paris, pasé un mes para echar una mano al arquitecto Ricardo Bofill, que estaba instalando un estudio para intentar vender, al Gobierno de Giscard D’Estaing, el importante proyecto “La Ciudad en el Espacio”, tras haber sido rechazado por el gobierno de Franco. Finalmente, Ricardo consiguió llevar a cabo su importante proyecto, en la localidad de Cergi Pontoise.

Aquel año, a Salvador Dalí le correspondió la creativa tarea de diseñar un número especial de la revista Vogue Francia.


Antes de la presentación de la revista, que tuvo lugar en Maxim’s, unas cuantas personas nos reunimos con Dalí, en su suite del Hotel Meurice.

Llegué con demasiada puntualidad, acompañado por Loulou de la Falaise, brazo derecho de Yves Saint Laurent.

Un barbero le estaba poniendo tieso el bigote, mientras un panadero exiliado daba un último toque a unos muebles espectaculares, con formas daliniánas, que había realizado en pan, para el pintor.

Hacía mucho frío y yo llevaba puesto mi abrigo de marmotas. Me sorprendió que Dalí me ayudase a quitarme el abrigo, como se hace con una señora. No lo dejó sobre el banco del hall de entrada, y me extrañó el hecho de que lo colgase en el armario de su habitación, algo que pude ver gracias a un juego de espejos. Pero no le di importancia.

Cuando llegó el momento de ir a Maxim’s, mi abrigo no aparecía. Y al pedírselo a Dalí, puso cara de no saber de qué le estaba hablando. Insistí y le recordé que lo había colgado en su armario.

Dalí era un apasionado de las pieles. Tenía muchos abrigos de pieles. Incluso en la foto que se publicó días antes de su fallecimiento, llevaba puesto un gorro de armiño.

Tras mi insistencia, entró en su habitación, y regresó con un viejo abrigo de zorros, que estaba hecho unos zorros (valgan la redundancia y la cara dura).

Dalí pensaba, seguramente: “Este jovencito no va a protestar al genial Saaaaaalvador Daliiiiiiií, y le voy a dar el cambiazo”.



Pero no lo consiguió. Tras descolgar de la percha personalmente mi abrigo de marmotas, y devolver a Dalí sus viejos zorros, salí de la suite, y observé que su engominado y famoso bigote perdía rigidez. El genio se llevó un chasco y estuvo a punto de necesitar, de nuevo, al barbero.

Moraleja:
Aunque el zorro sea muy listo y muy viejo
A la joven marmota no le birlará el pellejo.

Fotos via Flickr: Victor Mira, jkazius, ilebiju.