
No recordaba una nevada tan copiosa en Barcelona desde la que cayó en la Navidad de 1962. Esta foto es del puerto de Barcelona, aquel día.
Yo vivo a los pies de la montaña del Tibidabo, en la parte más alta de Barcelona, y aquí el espesor de la nieve fue mucho más importante.A las 4 de la tarde me asomé a la ventana y ví este panorama moscovita, delante de mi casa.
La parte trasera de la casa me hizo pensar en Saint Moritz.
Me puse un chaquetón de marmotas, que no había usado desde mi último viaje a Moscú, y bajé a la calle para hacer unas fotos.
Pero no era la única moto abandonada. Las motos aparcadas en las calles estaban totalmente cubiertas por la nieve.
Regresé a casa y me abrigué mucho más. Me puse un gorro, guantes, unas gafas, y cogí también un paraguas. No paraba de nevar, y un viento espantoso, que lanzaba los copos de nieve horizontalmente, dobló mi paraguas. Se veían muchos tirados por el suelo y en las papeleras, pues no servían para nada.
El tráfico se paralizó, y las Rondas se convirtieron en unas ratoneras para miles de coches.
Me había puesto esos descansos solo dos o tres veces en mi vida. Llevaban muchos años encerrados en un armario, con la ropa de esquí. Y esa debió ser la causa del problema.

No se puede estar tantos años "sin salir del armario".
Casualmente, el mismo día de la nevada, el senador republicano Roy Ashburn, activista antigay, flagelo del homosexualismo, y padre de 4 hijos, fue detenido, coduciendo borracho, al salir de un bar gay. Y se vió obligado a "salir del armario", y a confesar publicamente su homosexualidad. ¡Qué cara dura tienen algunos políticos! Su prestigio y credibilidad quedaron a la altura de un zapato, con las suelas tan podridas, como las mías.Con el paso de las horas, la cosa fue de mal en peor, y mis pies eran dos témpanos de hielo. Regresar a casa, cuesta arriba, con el viento en contra, y los pies congelados me pareció una hazaña imposible. ¿Dónde podía refugiarme? No muy lejos estaba el prestigioso parvulario Carles Riba, de mi amiga Cristina Jover. Y me dirigí hacia allí.
Llamé a la puerta y me abrió Marta Nel-lo, que trabaja en el parvulario. Al ver que mis descansos se estaban descuartizando, me ofreció dos bolsas de plástico (una de Navidad del Corte Inglés y otra de una boutique de moda femenina), que me puse sobre mis mojados calcetines. Y así emprendí el regreso hacia mi casa.
A pocos metros me encontré, casualmente, con mi colaboradora Tania Fernández Bargalló, que acababa de recoger a su hijo Theo en ese parvulario. Tania había recurrido, también, a plastificarse. Pero, en su caso, lo hizo en sus dos piernas. Caminamos juntos hasta su casa, pues somos casi vecinos, y luego continué solo.
Dos días antes de la nevada, el periódico La Vanguardia publicó una foto, tomada por mí, muy cerca de mi casa, que mostraba una absurda y numerosa hilera de bancos, en un lugar de paso rápido de coches, donde nadie se sienta nunca, razón por la que yo denunciaba ese despilfarro en mobiliario urbano.
Como un castigo del cielo, me ví obligado a sentarme, y a estrenar uno de aquellos bancos, tan criticados por mí en La Vanguardia, para poder despojarme, definitivamente, de mi maltrecho calzado, y continuar mi periplo con tan solo dos bolsas de plástico protegiendo mis pies.
Mi elegante chaquetón de marmotas, totalmente empapado, había perdido su glamour por completo y parecía un perro que se había caído a una piscina. Estando sentado en el banco, con un deplorable aspecto de mendigo sin techo, con mis botas destrozadas y tiradas a un lado, cara de agotamiento, y la nariz como un tomate, se me acercó una señora y, con expresión de profunda pena, me dió una limosna.
Cuando ví aquellas dos monedas sobre mi guante empapado, se me escapó una carcajada. Y le dije: "¡Hey, Señora!, estírese un poco más, que estaba pensando en irme, esta noche, a dormir al Ritz".
"¡Sinverguenza! ¡Gamberro! ¡Chorizo!", me gritó, alejándose sobre la nieve, aquel alma caritativa, totalmente arrepentida de su dadivoso gesto. Con la paranóia de que acabarían amputándome los dos pies, por congelación, emprendí la subida hacia mi casa. Tomé un atajo a través del parque La Font del Recó, pero tuve que hacer marcha atrás, pues habían caído unos árboles y me impedían el paso.
Cuando finalmente llegué a casa, eran las 9 de la noche. La bolsa Navideña del Gourmet del Corte Inglés estaba hecha trizas, y mis pies eran de un intenso color azul.
Al día siguiente, y gracias a un radiante sol, se fundió la nieve y mis pies recuperaron su color y su temperatura.
Mientras, y debido al ansia recaudatoria del Ayuntamiento de Barcelona, la Grua Municipal se llevaba coches abandonados, cobrando multas, y se ponían también multas a vehículos que se tuvieron que dejar forzosamente mal aparcados.
Fueron tantas las críticas que recibió el Ayuntamiento, que se vieron obligados a rectificar y anunciar que se devolvería el dinero de las injustificadas multas. Un episodio bochornoso.Los problemas ocasionados en Barcelona, por una nevada que tan solo duro 5 horas, fueron suaves comparados con los sufridos en algunos lugares de Cataluña, como especialmente Girona que, mientras escribo este post, ya llevan 5 días sin electricidad y a temperaturas bajo cero.
Continuará...
Fotos: Carlos Martorell.