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miércoles, 31 de diciembre de 2014

6 SORPRESAS A MI LLEGADA A LA IBIZA DE 2015

Embarqué, con mi coche, en el Fortuny de ACCIONA TRANSMEDITERRANEA rumbo a Ibiza.
A las 22'30 h., el enorme buque zarpó puntualmente.
Me sorprendió mucho no ver vehículos aparcados. Normalmente el barco está abarrotado de coches, motos y camiones.
Una vez dejadas mis pertenencias en el camarote me fui a dar una vuelta por la cubierta y el interior, como hago siempre en estos viajes.
No le di mucha importancia al hecho de no cruzarme con ningún pasajero por los pasillos. Eran las 11 de la noche.
Salí a pasear por cubierta. Un viento horrible me empujaba contra las paredes.
Pensé que el frío y el viento eran las razones por las que no había nadie en cubierta.
Fui al bar para beber un agua. El bar también estaba vacío.
Tampoco había gente en los restaurantes. El silencio era sobrecogedor.
Normalmente todas esas zonas están llenas de viajeros, incluso sentados o tirados por los suelos.
Entonces sentí un escalofrío, y me vino a la cabeza una imagen de la película "El resplandor" (The shining) de Jack Nicholson, con quien cené hace unos años en casa de Michael Douglas.
Tras unos cristales vi a una persona que me miraba. 
Era mi imagen reflejada en un espejo. Desconcertado, saqué mi cámara e hice una foto. Luego miré, en la pequeña pantalla de mi cámara, la foto que acababa de hacer.

 ¡¡¡HORROR!!! Tras ver esta espantosa imagen, en mi cámara, salí corriendo despavorido.
Me invadió el pánico mientras corría perdido por los pasillos desiertos. No podía encontrar mi camarote. 
Pero todo había sido una pesadilla, provocada por un exceso de comida navideña, y por viajar la noche del 25 de diciembre, con poquísima gente abordo. Sentado en el interior de mi Smart respiré tranquilo.
En Ibiza me esperaban varias sorpresas. Tres buenas y tres malas.
Sorpresa buena nº 1:
Al llegar a casa, vi con satisfacción que mi fachada, y la de mi vecino italiano, habían sido perfectamente restauradas por mi amigo y pintor Héctor José Abelleira.
Sorpresa buena nº 2:
Finalmente ha comenzado la restauración de esta ruina que, durante 5 años, ha sido una verguenza en pleno Patrimonio de la Humanidad.
Durante 5 años he protestado, en nombre de los vecinos, en periódicos y televisiones locales. Esta es una de las fotos que hice de la ruina de Sa Carrossa (no Sa Carroca, como dice el titular), donde hay 4 restaurantes, un hotel y una boutique.
Sorpresa buena nº 3:
Han empezado importantes obras en el viejo puerto de Ibiza. 
Lo habían convertido en un cutre puerto para carga y descarga. En adelante podrán atracar los más grandes yates del mundo.
Sorpresa mala nº 1:
Durante unos 30 años, cada vez que abría el balcón de mi dormitorio, yo veía una frondosa palmera.

 ¿Dónde está la frondosa palmera?
El maldito insecto Picudo la ha convertido en un anuncio de Viagra.
Sorpresa mala nº 2:
Han ensuciado las paredes y columnas del Mercado Viejo con grandes pegatinas negras.
Las pegatinas han sido medio despegadas y pintarrajeadas. Dice el Ayuntamiento que se pusieron para que la gente ecribiese encima. No entiendo que se fomente el graffitear y ensuciar paredes.
Sorpresa mala nº 3:
Di un paseo por la famosa y turística Calle de la Virgen, y vi que sigue medio en ruínas.
Más valdría ahorrar en luces navideñas, y arreglar estas ruinas.
 De seguir así, en unos años, estas ruinas se convertirán en un atractivo turístico, como las de Grecia.
En verano leemos: "Ibiza glamour. Ibiza de billonarios. Ibiza llena de famosos. Ibiza internacional". Pero todo eso, desgraciadamente, solo ocurre en unos cuantos locales y en unas cuantas playas. 
Tengo fe ciega en la gestión de la nueva Alcaldesa Virginia Marí
Se ha propuesto sustituir el emisario de aguas fecales de Talamanca. Y mejorar la limpieza de la ciudad y los jardines, solucionar el problema de aparcamiento, y comenzar las obras de los nuevos juzgados. 
¡Que los flamencos, llegados a Las Salinas, te traegan buena suerte Virginia! ¡Y puedas realizar esas mejoras en el año 2015!

domingo, 17 de marzo de 2013

EL HOMO WHATSAPPIENS


El Homo Sapiens, descendiente del Homo Neanthertalensis, no dispuso de un teléfono hasta el año 1876, en el que Alexander Graham Bell lo patentó.


Aunque el verdadero inventor fue Antonio Meucci que, en 1857, lo llamó "Teletrófono". Lamentablemente ninguna empresa le hizo caso.
Hasta finales del siglo XX, cuando el Homo Sapiens quería telefonear, y no estaba en casa, tenía que ir a llamar a una cabina.
En 1973, Martin Cooper, de la empresa Motorola, inventó el teléfono móvil.
El teléfono móvil ha revolucionado las comunicaciones entre los Homo Sapiens.
Pero lo que ha vuelto realmente loco al Homo Sapiens ha sido la aplicación, para smartphones, llamada WhatsApp.  Un adictivo de la comunicación, inventado por Brian Acton y Jan Koum.
Desde la llegada a la telefonía de esta aplicación, el hombre ha pasado a llamarse, científicamente, Homo WhatsAppiens.
Este nuevo espécimen solo vive pendiente de sus mensajes WhatsApp, desde que se despierta hasta que se acuesta.
El Homo WhatsAppiens ha perdido el apetito. Y ya solo tiene hambre de mensajes.
Descuida su higiene, a la que ya no da tanta importancia, por estar siempre pendiente de su smartphone.
Puede incluso interrumpir cualquier taréa porque le ha llegado un WhatsApp.
Puede quedarse sentado en la taza del WC, durante una hora, tecleando mensajes, sin prestar la más mínima atención a sus funciones intestinales.
Camina por la calle como un zombi, sin mirar por donde va. 
(Este ejemplar de Homo WhatsAppiens está enviando un mensaje al ex-tesorero del PP Luis Bárcenas, acusándole de haberle copiado el look).
El Homo WhatsAppiens conduce peligrosamente sin soltar, ni por un momento, su smartphone.
No se concentra en el trabajo, y pierde mucho el tiempo intercambiando imágenes, vídeos, chistes y chorradas varias.
Antes de ser adicto a esta revolucionaria y adictiva aplicación no se le quemaba nunca un guiso. Ahora es un desastre. Se le chamusca todo lo que cocina.
Tanto si come en casa, o en un restaurante, el Homo WhatsAppiens ya no disfruta, como antes, de la gastronomía ni de la conversación.
A la hora del café le gustaba leer un rato. Pero desde que tiene WhatsApp no ha pasado de la tercera página. Y escribe en una jerga basada en abreviaturas y palabras mutiladas.
 De tanto teclear y tanto clic tiene una tendinítis en un dedo.
Incluso la fotógrafo Carola Polakov, recién llegada de su estudio en Woodstock, Nueva York, se distraía durante el shooting de estas fotos, por culpa de los WhatsApps que recibía. Ella los odia.

Si mi tatarabuela materna, angloamericana, Felicity Hall Milbury (la mujer del cuadro) resucitase, no entendería nada.
Felicity, que marchó de Virginia para venir a España a casarse con mi tatarabuelo Ambrosio Oliveras, solía comunicarse con él enviándole una paloma mensajera.
Debido a esta exitosa aplicación el adicto rinde mucho menos cuando hace deporte.
El Homo WhatsAppiens es un auténtico inconsciente. No suelta el móvil ni cuando va en moto.
Y después pasa lo que pasa...
El Homo WhatsAppiens dejó escrito en sus últimas voluntades que le amortajasen con su smartphone entre las manos. Le fue pegado a los dedos con Super Glue.
El fallecido también dejó escrito que se sortease su Iphone entre sus herederos, para que el afortunado ganador pudiera seguir recibiendo y enviando mensajes por WhatsApp, como hizo él hasta su último suspiro.
 ¡¡Descanse, finalmente en paz, este tonto!!
Los nietos del Homo WhatsAppiens han heredado sus genes.
Y han heredado también su incurable adicción al móvil.
Post data:
En el año 1969 escribí un artículo titulado Generación pantalla, basado en un sueño que tuve. En el decía: "Dentro de unos años todo se hará con la ayuda de pantallas". Me dijeron que era una tontería, y mi premonitorio artículo fue rechazado.  
Pero la vida acaba dándome siempre la razón.

FOTOS: Carola Polakov y Carlos Martorell.