
La bandera turca y la imagen de
Kemal Atatürk, el presiedente que abolió el sultanato y proclamó la república, están presentes en todos los rincones de Turquía, cuya costa recorrí durante una semana.

Embarqué en la goleta "Yucel S", atracada en el puerto de Gocek.

Bordeamos el trozo de costa entre Gocek y Kekova.

Al embarcar, me hicieron la típica foto tonta, en que parece que llevas el timón de la nave. (Una inoportuna brisa me hizo parecer embarazado de nueve meses).

Por suerte, el capitán, el cocinero y los dos grumetes resultaron ser unas personas muy agradables. No tuvimos el más mínimo problema. El cocinero
Murat (el primero de la derecha) nos deleitó con una buena cocina turca, y los atracones fueron tremendos.

Y este es el grupo con el que navegué durante esos siete días:
Pascal (francés),
Casilda (madrileña),
Alison (australiana),
Montse (barcelonesa) y
Virginia (vasca).

Por respeto a
Alison nos vimos obligados a hablar en inglés durante todo el viaje. Nunca va mal practicar idiomas.

El mar estaba siempre como un plato. No había medusas. Y nos pasabamos horas y horas nadando, incluso de noche, con mi potente linterna submarina. Lástima que, en esas aguas, la fauna marina es casi inexistente.

El paisaje, durante todo el trayecto, me resultó muy parecido. Por suerte no hay construcciones. Esperemos que se respete esta costa, y no acabe como el litoral español, que es un interminable muro de cemento.

Las puestas de sol, en Turquía, son espectaculares.

Y espectacular, también, nos pareció de lejos este yate, perteneciente a
Çigdem Simavi y a su esposo
Haldun Simavi, que fue propietario del más importante periódico turco.
Casilda les llamó, y los seis componentes del grupo fuimos invitados a comer abordo. En el yate viajaban también
Sir Peter Westmacott, Embajador del Reino Unido en Paris, con su esposa iraní, y la princesa turca
Zeinep Osman.

Tras degustar una buenísima comida turca, me fotografiaron junto a los anfitriones.

La
Princesa Osman, el embajador y su esposa
Susie, y el matrimonio
Simavi nos despidieron, mientras nos alejabamos en nuestra "humilde" goleta.

Prácticamente todos los días desembarcabamos para visitar algún pequeño pueblo portuario. Para mí era un placer pisar tierra.

En estos pequeños pueblos hay más tiendas que viviendas.

Y en todos se venden, más o menos, los mismos productos.

Bolsos, bisutería, pequeños objetos de regalo y alfombras.

Y en todos estos mercadillos lo típico y más común es el juego del regateo. Te piden cuatro veces más del valor de lo que quieres comprar y, tras una larga negociación, te lo rebajan a la mitad. Y así todos contentos...

En todos los puertos, mis amigas españolas se lanzaron a la compra compulsiva de los tejidos llamados
suzanis e
ikats. Para mí, esta afición, era una novedad. Pero cuando llegamos a Estambul, pude comprobar que la adquisición de estos textiles asiáticos se había convertido en una auténtica adicción para mis tres amigas.

Durante el recorrido nos cruzamos con otras goletas y yates, pero viniendo de Ibiza y Formentera, estas aguas me parecieron un paraíso de tranquilidad.

Como he dicho antes, en todo el trayecto no ví edificios. Solo algunas ruinas de piedra.

Y también tumbas muy antiguas.

Callejear por estos pequeños pueblos es muy agradable, a pesar del tremendo calor.

Y es también un placer pasar toda una semana en traje de baño, o con un paréo.

La fuerza y variedad del colorido, en estos pequeños negocios, es impactante.

Y resulta bastante difícil decidirse en el momento de elegir un tapiz.

Los puestos de frutas y la presentación de las especias me gustaron mucho.

En estos puertos hay restaurantes muy simpáticos.

Este me gustó por los palomares que había sujetos al muro.

Este otro tenía una preciosa vista panorámica.

Y este restaurante me divirtió, porque parecía un parvulario.

Me enteré por
Çigcem Simavi que el magnífico yate Marala navegaba por la zona. Este enorme yate es propiedad de mi amigo
Robert de Balkany. Le llamé inmediatamente, y nos invitó a cenar abordo. A mis amigos les fascinó la decoración clásica del barco. Por desgracia, durante la cena, me llamaron para comunicarme el devastador incendio en Ibiza.

Hice esta foto de
Robert, en su yate, en 1973, cuando estaba casado con
S.A.R. la Princesa Maria Gabriela de Saboya. Y la publiqué en el libro de Pacha. Abordo del Marala estaban su hija
Marina, tres de sus nietos, el Principe
Moritz Von Hessen, y los
Principes Stefano y Marion Colonna.
Moritz Von Hessen es el padre de mi amiga
Mafalda, a quien llamé para darle la sorpresa de que estaba cenando con su padre en aguas de Kekova.

Aquella fue nuestra última noche. Y se nos quitaron las ganas de bañarnos después de cenar, como habíamos hecho tantas veces, tras ver a una víbora nadando cerca del Marala.

Desembarcamos pronto por la mañana, y nos dirigimos al aeropuerto de Dalaman, para tomar un vuelo a Estambul, donde pasé cuatro noches.

En el próximo
post relataré mi estancia en Estambul, en compañía de mi simpático grupo de amigos.
Y este domingo, dia 5, El Semanal de El País me dedica un artículo firmado por Silvia Saenger Alexandrowitz.
Fotos: Carlos Martorell.