martes, 5 de enero de 2010

EL LADO CUTRE DE NUEVA YORK Y OTRAS QUEJAS

Hace muchos años que escribo maravillas de Nueva York en distintos medios y, por el contrario, soy muy crítico con mi ciudad natal: Barcelona.

Por una vez quiero resaltar unas cuantas deficiencias de la ciudad de Nueva York. Problemas que no tenemos en la ciudad de Barcelona.



Imagino lo difícil que puede ser la retirada de basuras de una ciudad llena de rascacielos. Cada día se acumulan en las aceras auténticos montículos de bolsas, que pasan a ser cotidiano mobiliario urbano durante las 24 horas del día. Pues cuando retiran unas ya se depositan otras.


Este problema, en verano, es mucho más grave. Debido a las altas temperaturas el hedor es insoportable.


Ver Nueva York nevado es una maravilla. Todo parece impoluto bajo ese gélido manto blanco y espojoso.


Pero, a las pocas horas, esa blanca maravilla se convierte en una resbaladiza pasteta gris marengo, que pone en evidencia la suciedad y la polución de las calles. Por suerte, en Barcelona, no nieva nunca, o en rarísimas ocasiones.


En las esquinas, justo en los pasos de peatones, se forman unos enormes charcos de agua oscura con hielo, y si no llevas el calzado adecuado, que te cubra muy por encima del tobillo, se te empapan y congelan los pies y se te estropean los zapatos. Y esta porquería dura muchos días. Y si vuelve a nevar, ¡ya ni te cuento!


No es de extrañar que el asfaltado de todas las calles y principales avenidas de Nueva York esté lleno de baches, grietas y socavones.

Y en el insoportable calor de julio y agosto, se derrite el asfalto, y el alquitrán se te engancha en la suela de los zapatos.


Los taxis son conducidos por paquistanís, indios, turcos, y conductores de otros países exóticos. No soy nada racista. Mi queja se debe a que la gran mayoría de estos taxistas solo chapurrea el inglés, y necesita el GPS para encontrar una dirección, incluso en el centro de Manhattan.


Hablan por teléfono mientras te llevan a destino a toda velocidad. Muchos taxis huelen que apestan. Y, si ven que eres un turista, se hacen el tonto y no te devuelven el cambio. Y hay de tí si no les das propina.

Yo siempre les doy propina, pues ya me conozco el tema. Pero, si un taxista no te abre la puerta, ni te ayuda con una maleta, ni es amable respondiéndo a tus preguntas, o hace algo especial por tí, ¿por qué razón hay que darle propina obligatoria? ¿Se le da acaso propina al carpintero, al fontanero o la dependienta del supermercado, que hacen mucho más?


Aunque parezca increíble: en Nueva York no hay radio-taxi. Cuando llueve o nieva te fastidias y si no encuentras un taxi libre (algo casi imposible) caminas o, como hice yo valientemente, te subes a un triciclo, que te cobra entre 40 y 50 $, y te juegas la vida viendo como te adelantan coches y camiones, a toda velocidad, sobre un asfalto helado y resbaladizo.


Nosotros, en Barcelona, tenemos un estupendo servicio de radio-taxi. La ciudad dispone incluso de una plantilla de confortables y limpios taxi-mercedes. Y somos pioneros en el servicio de taxis exclusivos para mujeres.


Otra opción en Nueva York es tomar el metro. ¡Y vaya opción más cutre!


Ya el acceso da verdadero asco. No hay escaleras mecánicas. Son angostas y sucias.


Los vagones están todos pintarrajeados y sucios.


Las estaciones enmohecidas y llenas de desconchados.


Las vias son un vertedero de basuras.


Y se ven ratas del tamaño de un conejo.
Y ahora, para colmo de desgracia del ciudadano neoyorkino, van a suprimir dos líneas, pues el metro de Nueva York tiene un déficit de 383 millones de dólares.
En Nueva York no se invierte en infraestructuras.

En Barcelona, por el contrario, se están inaugurando nuevas líneas.


Las entradas, ascensores y escaleras mecánicas del metro de Barcelona son la envidia del suburbano de Nueva York.




Las nuevas estaciones son espaciosas, están limpias, y bien mecanizadas e iluminadas. ¡Viva Barcelona!


Y cambiando de tema:
Estas Navidades, American Airlines me perdió la maleta. Llegué a NY con lo puesto, y así pasé unas 30 horas. Y con la paranóia de no volver a ver mi equipaje nunca más.

30 horas más tarde me devolvieron la maleta, con el cierre roto, la ropa toda revuelta y arrugada, y 6 valiosos regalos de Navidad, para mis amistades de Nueva York, robados.


Y tuvieron la caradura de poner en mi maleta una etiqueta que decía: PERFECT DELIVERY. (Entrega perfecta) ¡Manda huevos! Nunca más American Airlines, a quien dedico mi NERÓN ROJO.
Deberían ponerse cámaras en las zonas internas de facturación de equipajes y aduanas. El personal dispone de escáners y roban de todo de las maletas. Especialmente regalos bien empaquetados. Es escandaloso.


Cuando fui a facturar en America Airlines, de regreso a Barcelona, el día después de la gran nevada, y con un frío impresionante, nos hicieron facturar en la calle.
Yo tuve que hacer una lenta cola, que servía para todos los destinos de American Airlines, con unas 800 personas. Tomé una foto, pues el hecho me pareció increible e inhumano. Había niños pequeños y ancianos muertos de frío.

Después de hora y media en la cola, me pesaron la maleta en plena calle y, cuando le comenté al facturador de equipaje que a la ida me habían perdido la maleta, me dijo, mientras depositaba mi equipaje en la cinta: Es que aquí hay que dar propina. Y se la tuve que dar, al muy cabronazo, para que no enviase mi maleta a Pernambuco.
Durante el vuelo pusieron aire acondicionado muy frio y viajamos con los abrigos puestos. Y no hicieron caso de las quejas. Una azafata llevaba una manta sobre los hombros. Los auriculares, que se dan gratis en estos vuelos, aquí los vendían. Anunciaron la proyección de dos películas y no pasaron ninguna. Y a la salida una azafata pedía denero para una Fundación ¡A la mierda American Airlines!

Por suerte esto me ocurría unos días antes de las nuevas normas de seguridad en los aeropuertos, y no tuve que pasar por los vergonzosos nuevos controles que te obligan a estar en el aeropuerto unas 4 horas antes del vuelo.


Los controladores de los escáners corporales se van a divertir de lo lindo.


Este rechoncho personaje, por ejemplo, está muy bien armado por detrás. Pero no tanto por delante... Y esos detalles se aprecian en esos escáners.

La amenaza de estos nuevos controles tecnológicos han disparado las ventas de esos artilugios para alargar el pene, y así no dar pena al pasar dichos controles.

Y todo por culpa de la obsesión de los gobiernos de los Estados Unidos por ir a guerrear y probar su armamento en países del tercer mundo, que luego se vengan con un atroz terrorismo. Parece que no les sirvió de nada la lección de Vietnam, ni la más reciente de Irak.


Menos invertir en armamento destructivo y más invertir en infraestructuras, como escribió el Dr. Xavier Sáez-Llorens en "Gigante con pies de barro".

Y los sumisos Presidentes europeos, con tal de no negarle nada al "Emperador" de turno americano, colaboran enviando tropas, "con fines humanitarios y pacíficos", con lo que únicamente se consigue exacerbar el ansia de venganza y destrucción de los malditos terroristas.


No me extraña que haya tanto loco suelto.
Fotos: Carlos Martorell.

sábado, 2 de enero de 2010

UNA RONDA POR LOCALES DE NUEVA YORK CON CARMEN D'ALESSIO


Conocí a Carmen D'Alessio, Relaciones Públicas de la noche neoyorkina, en los buenos tiempos en que trabajaba en la impresionante discoteca Studio 54.

La he visto siempre acompañada por celebridades internacionales, o bailando, con mucho ritmo, rodeada de jóvenes guapos y divertidos. Con una sonrisa imborrable y una energía envidiable. La recuerdo saliéndo, una noche, de una tarta gigante en Studio 54.

Y no olvidaré nunca la fiesta benéfica para la UNICEF, organizada en Studio 54 por la Maharaní de Jaipur, en que Carmen me presentó a Gloria Swanson, el gran mito del cine mudo, a quien yo creía desaparecida de este mundo desde hacía muchas décadas.

Cramen sigue siempre igual. Con su gran sonrisa, y promocionando locales de la noche de Nueva York, rodeada de gente joven.
Mi discreción y las convencionales normas sociales me impiden revelar la edad de esta incombustible peruana. ¡Su vitalidad es impresionante para la edad que tiene! Y en eso reside la gracia y el mérito de este icono de la noche neoyorkina.

Siempre que aterrizo en Nueva York llamo a Carmen D'Alessio. No solo porque es una gran amiga, sino también porque con ella tengo entrada en los lugares de moda más privados y divertidos de Manhattan. En todas partes Carmen es recibida y tratada como una reina.

La primera noche cenamos en el exclusivo restaurante The Monkey Bar, sito en el 60 East de la 54 Sreet, y que pertenece al propietario de Vanity Fair. Es muy difícil conseguir mesa y el ambiente está muy bien.
A Carmen le divierte vestir muy juvenil. Y cada día, de pies a cabeza, viste de un color diferente. Como si hubiese caído en un pote de pintura.

De allí fuímos a casa de los Barones Roger y Bara de Cabrol, donde se celebraba la fiesta de cumpleaños de Bara. Yo conocía a Roger y a sus padres, pues tenían casa en Ibiza.
La Baronesa de Cabrol diseña joyas, y es hija de la cantante Petula Clark.

La simpática fiesta me recordó a las que se ven en la películas de Woody Allen, con una mezcla de artistas, diseñadores, bohemios, y gente muy simpática de todas las edades.


Michele Savoia y Peter Greer hablan con Carmen, que aquella noche Carmen iba de rojo vivo, con un colgante de Cavalli que yo le había regalado.

Me encontré allí con Julio Santo Domingo, y también con Mona Kristensen. Aquí poniéndose las gafas para tomar nota de mi teléfono.

Mona fue protagonista de la película Bilitis, dirigida por el famoso fotógrafo David Hamilton, de quien fue pareja.

La noche siguiente Carmen me llevó a conocer el local de super moda: el Boom Boom Room Lounge. Un bar de copas fantástico, en el piso 18 del Standard Hotel, sito en el 848 de Washington Street, con la calle 13, en el Meatpacking District.

Nos acompañaba la abogada argentina Irene Mayans, con la que posamos a la entrada del local, ante un árbol de Navidad con un pavo real blanco en la copa. Nos recibió el director Kamil.


Este tan exclusivo local es propiedad del hotelero André Balasz, aquí en la foto junto a Daphne Guiness.
No hay noche sin que en el Boom Boom Room estén presentes varios famosos internacionales, como Jud Law o Jon Bon Jovi.

Nicky Hilton.
El diseñador Calvin Klein.
O la cantante Madonna, a quien saluda Valentino.

Fue un placer encontrarme allí con Carlos Torretta, hijo de mis amigos el diseñador Roberto Torretta y Carmen Echevarría. Y también encontrarme con Miguel Fábregas, el hombre más guapo que he visto en Nueva York, que trabaja en Banca, y es hijo de mi amigo Salvador Fábregas. No me extraña que lo sacaran en Vanity Fair. España, pues, estaba muy bien representada.
La sala circular de este lounge está rodeada de cristaleras desde las que se divisa una panorámica impresionante.
El rascacielos ilumidado en azul es el Empire State Building.
Y no es menos impresionante el grupo de camareras, uniformadas en satén blanco, y con tocados de diferentes diseños.
Madonna y su amigo Jesús Luz se sentaron en uno de los palcos, tapizados en cuero de color marfil, frente al fuego de una de las chimeneas.
En este bar pueden probarse cócteles muy creativos y exóticos.

Pedí permiso a este "ramillete" de simpáticas, sexy y atractivas chicas para fotografiarlas.

Además del DJ, en el Boom Boom Room hay música en vivo.

Al día siguiente invité a Carmen a comer en el Down Town Cipriani. En este restaurante, sito en el 376 de West Broadway, en el Soho, la comida tradicional italiana es una verdadera delicia.

Aquel día tocaba el color azul, de cabeza a piés. Y yo me puse a tomar nota de las nuevas direcciones que me sugería Carmen, en mi agenda roja de Nueva York.

Por la noche Carmen me invitó a uno de los locales que está promocionando: La discoteca-restaurante Juliet.

Aquella noche tocaba el color dorado. Incluso en el pelo. ¡Qué humor tiene Carmen D'Alessio!

En la cena nos acompañó de nuevo la abogada Irene Mayans, y también el real estate broker Lazar Ilic, y el Embajador de Perú ante las Naciones Unidas.

El ambiente se fue caldeando y un saxofonista se subió a la barra del bar.

Al poco rato, los clientes enloquecidos por la música, a todo decibélio, se fueron subiendo a bailar sobre las barras de bar y los sofás.
Esta "violación" del mobiliario, con el consecuente deterioro de la decoración, se ha puesto de rabiante moda en Nueva York.

"Los sábados, sobre las 14 horas, hay que ir al brunch de Bagatelle. Es muy divertido", me dijo Carmen.
Este restaurante, de aspecto tan relajante, sito en el 409 West de la 13 Street, se convierte durante unas horas en una locura impresionante.

Ese día tocaba el color violeta.
A la hora de comer, en Bagatelle, casi no hay luz. En la penumbra suena una música de discoteca a tope, y la gente baila deshinibida sobre los sofás, las sillas y las mesas en las que está comiéndo.

Un negro, subido en la barra, no da descanso a su tambor, mientras el público silba y chilla sin parar. ¿Qué habrán desayunado?, me preguntaba yo...



Carmen no paró hasta lograr que me subiese al sofá a dar saltos. Luego levantó el brazo y pidió Champagne.

Al momento apareció un camarero, con bengalas encendidas en los tapones de las botellas (especialidad de la casa) y el griterío fue ensordecedor.
Al día siguiente, domingo, Carmen D'Alessio viajaba a Perú. Y me pidió que fuese a despedirla a "Misa de una", en la Quinta Avenida.
Yo pensé que era otro bar de copas, pero resultó ser la misa dominical, a la que Carmen no falla nunca, en St. Patrick's, la catedral de Nueva York.

Muchas gracias Carmen. ¡Contigo es imposible aburrirse! Y reza por mí los domingos.

Fotos: Carlos Martorell, Patrick McMullan.